UN DULCE DESPERTAR

Autor: Julio Seguel

Diciembre de 1991

            Durante la primera semana de no­viem­bre, en el Mercurio Internacional, venía una pe­queña noticia, en la cual se comuni­caba que por quiebra de la socie­dad, se estaba tratan­do de vender en licitación internacional a la famosa y muy conoci­da por todos los chilenos PLAN­SA, PLÁsticos Nacionales Sociedad Anónima.  Esta socie­dad es tan famosa, que los maestros en Chile no compran planchas plásticas para techo, ellos compran plan­chas plansa.  Tampo­co com­pran cañerías de polieti­leno negro ni una serie de acce­so­rios por su nombre correcto.  Los maestros chilenos, entre ellos mi padre al cual yo acompañaba muchas veces para traer al hombro la mer­cade­ría a la casa, compran cañerías plansa.  Y aun­que estos tubos estén destinados para hacer alguna instalación eléctri­ca, inde­pen­diente del fabricante real de ellos, los maestros com­pran tubos plansa pa' la luz.  Incluso las baldosas plásticas, forman lo que se llama pisos plansa.

            Así de famosa la sociedad ésta y ahora a la venta para quien la quiera, ente­ra, de a poco, sólo ciertas máquinas o tan solo el nom­bre.  Todo se vende, se remata prácticamen­te.  El precio mínimo de la licita­ción era 500 millones de pesos.

            ¿500 millones?  Una for­tuna, a sim­ple vista.  Pero, un momento, traduci­do a dóla­res son menos de dos millones de dólares ya no suenan tan grandes.  Son solo dos, aunque sean millones.

            Pero, y si tan solo pu­diera presen­tar una propuesta.  Si la sociedad quebró, es que el negocio de los plásticos anda mal o tan solo fue mala administración.  Y el pre­cio que piden no es demasiado al­to.  Segu­ro que las deudas pendientes andan por varios órdenes de magni­tud por sobre esa cifra.  Estas y muchas otras dudas, preguntas, respuestas, soluciones, daban vueltas por mi cabe­za.

            Luego, medité una estra­tegia, basa­do en lo que me acuerdo de la com­pra de la Com­pañía de Teléfono de Chile por el inversionista Bond, de Australia.  Este se­ñor, ofre­ció pagar 300 millones de dó­lares por la CTC, todo con plata abso­lutamen­te prestada.  A penas consi­guió las acciones de la CTC, tubo que entre­gar­las al banco de Hong Kong que le había prestado el dinero para la compra.  Trampa, gri­taron muchos en Chile, así son los negocios, decían otros.

            Pero, el señor Bond tenía ya un grupo de com­pañías tra­bajando, razón por la cual le presta­ron el dinero los ban­cos.  Yo no tengo nada, ni siquie­ra tengo las bases de la licitación. Pensé y pensé, exta­siado en esa visión de la fábrica en San Joaquín (Carlos Valdovinos), por cuyo fren­te pasé varias veces.

            En Febrero de este año, falleció mi sue­gro, y mi mujer es ahora la dueña legal de la casa familiar, la cual pensé se podría dar en hipo­teca al banco, como garantía de la devolu­ción.  Con eso, además con la hipoteca de las mismas acciones de Plansa, con la hipoteca de todo lo otro hipote­cable, menos la honra, que yo sepa, tampoco nadie daría mucho por eso.  En total, al contado, se podría ofrecer un razonable porcentaje del mínimo solicitado y el resto, pues, lo paga la misma Plansa con sus utilidades.

            Pues bien, con esto ya tenía todo listo, tan solo fal­ta­ba el conversar con el banco, en donde tengo un conocido que podría ser­virme como el trampolín para presen­tar mi oferta.

            Además, si lograba la asesoría técni­ca de alguna empresa japonesa del ramo, de la cual ade­más del conocimien­to se podría obtener algún con­trato, el futuro parecía asegurado.

            En ese momento, en el clímax del sue­ño, cuando ya todo está a punto de realizar­se, siento la dulce voz de mi mu­jer que me dice "No, la casa de mi padre es sagrada, no se toca".  Y ahí mismo, se de­rrumbó el castillo, plansa, los nuevos pro­ductos, la ase­soría de los japoneses, etc.

            Este despertar tan abrup­to, tal vez es lo mejor que podría haberme sucedi­do, so­bretodo si me acuerdo de la suerte de mi inspirador, el señor Bond, que ha visitado frecuentemente la cárcel de Australia, pasando ciertas temporadas en su inte­rior, por no haber tenido a su lado a alguien que lo despabilara antes que el dulce sueño se trans­formara en pesadilla.

                                                    Hasta pronto.

PS:       El señor Bond tuvo problemas con sus in­versiones en Australia, no con CTC.