DEL PARAÍSO AL INFIERNO
por Julio Seguel
Octubre de 1991
El hecho de trabajar en
estos momentos en una compañía japonesa, luego de haber trabajado mas de cinco
años en la compañía de Teléfonos de Chile (CTC) podría llevar a uno a pensar
que es posible efectuar una comparación directa entre el medio de trabajo
chileno y el medio japonés. Y el director de la Asociación Rapa Nui me lo ha
pedido. Pero, en realidad, no es tan simple.
En la situación en la cual
estaba la CTC cuando yo entre a ella, no podría decirse, bajo ningún punto de
vista, que fuese normal. Había recién sido nacionalizada, perdón, me equivoqué,
intervenida por un motivo que no entendí nunca muy bien pero tenía algo más que
ver con una letrina que se usaba en una oficina rural que con los relativamente
modernos equipos y edificios que ocupábamos en Santiago y en las ciudades
grandes.
Pues bien, luego de la
intervención, se acabó el apoyo que se tenía desde la ITT internacional y la
CTC abrió sus puertas pare contratar a "todos los ingenieros que egresaran
de las universidades chilenas". No tenían muy claro ni la cantidad de
ingenieros que necesitaban, ni la experiencia que deberían tener, ni tan
siquiera sabían si en realidad los necesitaban.
Pues bien, fuí contratado en
el cielo, en el paraíso en realidad. Bastaba con pasar todo el día contemplando
la creación de dios y a unas cuantas Evas y sus tentadoras manzanitas,
manzanotas mas bien (incluso hasta melones se divisaban de vez en cuando). En
una que otra oportunidad, hicimos unos proyectos muy estudiados, los cuales
nuestros compañeros con experiencia tardaban horas, nosotros, los nuevos,
innovando todo, pasábamos semanas en proyectos, discusiones, aplicaciones del
método científico a como atornillar al revés y al derecho, etc. y al final,
cual normal maestro chasquilla, terminábamos golpeando el tornillo con un
martillo para que entrara a medias.
A medida que progresó la
nacionalización de la economía chilena, aumento la cantidad de tiempo que era
necesario pasar en las colas para comprar cosas y al final, ni tan siquiera
nuestros proyectos científicos eran ya necesarios. Nadie los quería, por lo
cual nos dedicamos con ahínco, a aumentar los largos de las colas.
Luego del 11 del 9 del 73, las cosas cambiaron .......... Cambió el interventor.
Hasta que en 1988 me vine a Japón.
Luego de estudiar, ejem,
asistir 6 años a universidades famosas, a uno le dan un certificado muy
adornado, con kanjis góticos, donde lo nombran algo que suena retumbadito y
cualquier empresa japonesa lo contrata.
A mi me contrató Fujitsu,
los que fabrican computadores y todo tipo de ingenio electrónico imaginable y
que no son fabricantes de películas para fotografías, como la mayoría piensa. Y
el mismo chileno contemplativo del paraíso, paso a ser un alcohólico del
trabajo, con muchas horas de sobretiempo. Aquí no hay tiempo pare aplicar el
método científico al atornillado de tornillos, hay que atornillarlos, aunque
sea con la cabeza para adelante. Luego de varios meses de insomnio, dolores de
los principios de úlceras, palpitaciones a la cuchara, etc. decidí irme al
paraíso, pero con precaución, fui primero de visita (sin ser invitado). ¡Que ví
en aquel paraíso de otrora! un infierno, con un Lucifer llamado Bond, (había
recién comprado a la CTC) que estaba instalando cuanto equipo telefónico que
había en el mercado mundial y que pudiera tener alguna justificación el
instalarlo, sin ni siquiera esperar por los permisos legales pare hacerlo. Mis
compañeros científicos de antaño, eran presas de mi misma presión por terminar
todo luego. Y lo que me enorgulleció mas todavía era que las cosas se hacían,
en poco tiempo y bien hechas.
Pues bien, me quede en
Japón, pues a igualdad de las demás condiciones, puchas que soy flojo para
hacer las maletas y meter hasta a la señora y los niños dentro de ellas.
Esta compañía japonesa es
grande, muy grande, con mucha gente que trabaja en ella, con mucho trabajo y
mucho sobretiempo. ¿Algo muy diferente a una compañía chilena actual? No, yo
creo que es igual a cualquier empresa chilena moderna. La única diferencia que
hay está en el mercado. El mercado japonés es tan amplio, tan rico, que aunque
se fabriquen cosas que no son muy exactamente los deseos de la mayoría, hay
minorías que los compran y esas minorías, suelen ser millones de compradores, lo
cual muchas veces significa que son mas que toda la población de Chile.
Aquí hay camaradería,
compañerismo al estilo japonés, sentido de grupo y una que otra manzanita que
mirar, un trabajo seguro, casa de la compañía para vivir, una jubilación a los
57 años y mucho trabajo pare entretenerme hasta los 57 y media vida más.